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El sitio de internet Metacritic, parada obligada para los especializados en el cine y la crítica del séptimo arte, existe desde otoño del año 1999, como un proyecto de recopilación de críticas de todas las películas que se estrenan, además de comentarios y una exhaustiva tarea de comparación entre los valores otorgados por la crítica y el público para confirmar la verdadera repercusión de una cinta en el mercado.
Metacritic es el cuarto grande, junto a IMDb, Filmaffinity y Rotten Tomatoes, que funciona como termómetro de las producciones cinematográficas y que siempre tiene la información de último momento y los datos que sirven a los ejecutivos de la industria para evaluar la seguridad de un proyecto o el futuro de cualquier inversión.
Para festejar la década, y aprovechar el material que llevan acumulado por estos años, Metacritic decidió presentar una serie de listas de las mejores y peores producciones de la decada del 99-09. Acá les dejo una lista de las 10 mejores producciones (comerciales y no comerciales). Otras listas pueden encontrarlas en el sitio de metacritic: www.metacritic.com

Someone’s Watching Me

Tal vez, el mejor Carpenter que uno pueda encontrar. En un año muy inspirado para el genial director (1978, año en el que estrenó, a su vez, “Halloween”), se estrena “Someone’s Watching Me”, una película de voyeurs pervertidos, que sigue la línea del clásico del maestro Alfred Hitchcock, “Rear Window”.
En “Somebody’s Watching Me”, la historia se centra en Leigh Michaels (Anne Hutton), una directora de programas de televisión que se muda a Los Ángeles para dejar atrás un romance fallido. Apenas llegua a la ciudad, consigue un trabajo en la estación de televisión y conoce a un profesor de filosofía con el que comienza una relación. En ese momento, comenzará a recibir constantes llamadas telefónicas, cartas y regalos de una supuesta compañía de viajes que, en realidad, es el acosador.
La cinta se sostiene a pura intriga y tensión, mientras Leigh Michaels comienza a perder la cabeza, sin siquiera recibir un solo ataque físico, ni un roce cercano. Todos los grandes recursos de Carpenter hacen su aparición en esta película, que bien podría haber sido una inspiración para De Palma y su genial “Body Double”. Mientras el voyeur hace todo lo posible por hacerle entender a Leigh que está siendo acosada, el espectador (y ella) tiemblan de miedo porque saben que pronto dejará de guardar las distancias. Una verdadera joya del terror psicológico.
Road to Perdition (Camino a la perdición)
Cuando un director logra alcanzar el éxito entre la crítica y el público, como ocurrió cuando Sam Mendes dirigió su primer largometraje para el cine con American Beauty, en 1999, corre el peligro de que con su segunda obra no logre colmar las expectativas creadas. No es el caso de Mendes, que con Camino a la perdición ha conseguido mantener el buen nivel que demostrara con la aclamada cinta de su crítica hacia el sueño americano.
En esta ocasión, se atreve a llevar a la gran pantalla una versión del cómic homónimo de Max Allan Collins & Richard Piers Rayner, que se publicó originalmente en Estados Unidos en 1998 en formato novela gráfica bajo el sello Paradox Press de DC Comics. De hecho, parece que esta película va a ser la primera de una trilogía, que se completará con Road to Purgatory (Camino al Purgatorio) y Road to Paradise (Camino al Paraíso), siendo previsiblemente dirigidas estas dos últimas por el propio autor del comic Max Allan Collins.
A pesar de que la película se encuadra en el cine negro de la mafia, el verdadero transfondo de la historia es el drama que late entre un cuarteto de personajes. Dos padres: Michael Sullivan sicario de la mafia irlandesa en la América de los años 30 y su jefe John Rooney, que crió a Sullivan como si fuera su propio vástago y a quien probablemente legará su imperio del hampa. Dos hijos: Michael Sullivan Jr. y Connor Rooney, que desean ser queridos y admirados por sus progenitores, deseo que llevará al primero a iniciar un camino de descubrimiento de su padre y al segundo a cometer una gran equivocación que deberá ser soportada y pagada por su decepcionado progenitor.
Aunque el género de los gángsters es uno de los más trillados de la historia del cine, Camino a la perdición consigue hacerse un merecido hueco entre las mejores películas del género, no por la originalidad de la trama, sino por la forma clasicista y seria con la que está dirigida. Desde los primeros instantes nos percatamos de que estamos ante una película solvente, que esta filmada con aplomo con la pretensión de perdurar en el tiempo y que ciertamente gana mucho, una vez reposada y revisionada.
Las principales claves que dan soporte a la obra son, por un lado, un guión sobrio y eficaz centrado más en las relaciones familiares, los celos, la admiración, la necesidad de cariño, que en los “negocios” mafiosos, sin que por ello recurra a la lágrima fácil; por otro lado, una magnífica banda sonora de Thomas Newman, que ya participara con Mendes en American Beauty y que ha vuelto a hacerlo en toda su filmografía posterior Jarhead, Revolutionary Road, consiguiendo un tándem perfecto; también destacable es la dirección artística y la preciosista y sombría fotografía de Honrad L. Hall que dota de un lirismo y una elegancia oscura, como requiere una buena adaptación de un comic, a escenas que en otras manos podrían resultar desagradables, a destacar la escena de la venganza bajo la lluvia. A estos tres pilares, se une una interpretación sobresaliente de los actores, especialmente las de Tom Hanks, con un dramatismo acertadamente comedido, en su primer papel como “villano”, si bien que redimido a través de la visión de su hijo y Paul Newman, que en cada escena aparece soberbio, cual padrino, llevando el peso de la traición y la lealtad hacia su hijo sobre sus espaldas. El contrapunto a la profundidad la ofrece Jude Law, como histriónico asesino implacable.
Varias escenas de Camino a la perdición permanecen imborrables en nuestras retinas. Destacaría la del funeral en casa de Rooney, la de la cafetería entre Jude Law y Tom Hanks, la escena final que no desvelaré y la magistral escena bajo la lluvia, que pondré en spoiler para los que aún no hayáis visto la película. Que la disfruteis.
“Funny Games”, el cine autoconciente

Son pocas las oportunidades que uno tiene de, en los tiempos que corren, encontrar una película que, de forma autoconciente, se encargue de hablar del cine y de nuestras predilecciones pervertidas para el espectáculo. Eso es lo que hace de “Funny Games“, de Michael Haneke, una película verdaderamente escalofriante, incómoda y genial. Es que, además de tener una fotografía admirable, un uso genial de las contrastantes bandas de sonido y actuaciones inolvidables de Naomi Watts, Tim Roth y Michael Pitt, Haneke logra violentar las convenciones cinematográficas para llevar a cabo una pregunta inquietante de un modo inquietante: “¿Es sano nuestro disfrute y deseo de violencia extrema y denigración en el espectáculo?”.
Este tipo de duda es la que entra en juego a la hora de ver “Funny Games“, ya que la película, desde casi el comienzo, viola uno de los sagrados mandamientos del cine y pone a los sádicos torturadores a “hablarnos” y consultarnos nuestros perversos gustos. Es entonces cuando, con genial maestría, se cae la pared que nos deja fuera de la ficción y nos metemos de lleno en un espectaculo de violencia en el que los anfitriones, dos jóvenes psicóticos, tienen muy clara nuestra presencia frente a la pantalla. Como debatirán ellos luego, ¿la ficción no es real? y ¿nuestro horrible interés por ver el sufrimiento ajeno, tampoco?.
Watchmen
Cuando Watchmen vio la luz de la mano del autor de culto Alan Moore y su co-creador y dibujante, Dave Gibbons, se desató lo más parecido a una “revolución” en el mundo del noveno arte. Lo que impactaba no era de por sí la temática de la trama, sino el cómo ésta tomaba caminos que la alejaban cada vez más de la historia de superhéroes convencional, y la acercaba a momentos dignos de una tragedia griega.
Pero sí, es cierto que prácticamente todos los grandes cómics parten o van hacia ese punto: está el superhombre casi deidad que aún así tiene una sola debilidad tangible, aquel otro que decide abordar el denominado “camino del héroe” para descubrir que “con gran poder también viene gran responsabilidad”, y el que tambalea constantemente entre traumas y heridas jamás cicatrizadas, combatiendo y generando el crimen a la vez como fruto de una interminable paradoja.
¿Qué diferencia a Watchmen de las demás “tragedias griegas” de historietas? Simple: al profundizar en el desarrollo psicológico de todos sus protagonistas y esbozar teorías del caos, el orden, la paz y la guerra así como la condición humana de por sí, esta historia de vigilantes parece más cerca de la literatura que de la novela gráfica. Tanto así que en su momento recibió inclusive el premio Hugo a la Ciencia Ficción, donde hasta entonces sólo competían piezas literarias (uno de los dos puntos clave de reconocimiento en la historieta, siendo el otro el Pulitzer que obtuvo Art Spiegelman por su desgarrador Mäus). No por nada se ha dicho, salvando las distancias, que Watchmen es algo así como “el Hamlet de las historietas”, y ya se profundizará al respecto en los siguientes párrafos.
Superhéroes posmo
Lo irónico de esta obra de Moore es que su encanto reside justamente en el desencanto con el cual tiñe a sus personajes, en la desesperanza y la crueldad y lo práctico de una solución única que atenta contra las convenciones morales comunes pero, de manera tan simplista como certera, parece reivindicar eso de que “el fin justifica los medios”.
Los “superhéroes” no son tales, son hombres que nacen, mueren y entre estos dos puntos sangran, hieren, lloran y, muy esporádicamente, son felices. Todos ellos están tristemente ligados a la condición humana que apenas los separa del resto de los mortales por sus elecciones indumentarias e identidades parcialmente ocultas. Todos, a excepción de uno, el Superman perfeccionado -pues no hay criptonita que valga contra su poder-, que aún así dista de ser un superhéroe porque, de hecho, no es siquiera ya un ser humano. Se completa así la primera paradoja: tanto tiene este ser, que no tiene nada y es perfectamente consciente de ello.
La historia comienza cuando una noche ocurre el inevitable asesinato de uno de los “vigilantes” del título. Esa misma noche, algo comienza a oler mal en el aire cada vez más espeso de esa New York alternativa situada en 1985: lejos de ser un asesinato político, uno de los retirados “héroes” sospecha que “alguien está cazando enmascarados”. Su nombre es Rorschach y su identidad se esconde tras una máscara que cambia sus manchas al ritmo de la mentalidad de un sociópata, aludiendo, naturalmente, a las figuras psicológicas a las cuales su nombre de fantasía remite.
A partir de ese momento, el paranoico y resentido social comienza a escribir un diario que será a la vez el principal hilo conductor de la narración a lo largo de toda la historia. Poco a poco, comienzan a reflotar los recuerdos, al tiempo que el resto de sus colegas y ex-amigos dudan de si aceptar “su destino” de héroes o plantearse el hecho de que quizás acaso no exista destino alguno -o sea inalterable. A todo esto, el único superhombre que ha dejado de ser justamente esto último de la conjunción de palabras, parece más alejado que nunca del mundo, convencido de que de nada sirve vengar una muerte si, al fin y al cabo, “un cuerpo vivo y uno muerto contienen la misma cantidad de átomos”. Este hombre, si bien no es omnisciente, sabe de su pasado tanto como de su presente y futuro. Y sabe, por su condición de inmortal, que el tiempo jamás se detiene.
La película
A través de una estructura de personajes múltiples que en apariencia -pero sólo en apariencia- remitiría a paladines como los X-Men o los 4 Fantásticos, Watchmen vifurca sus caminos a lo largo de doce tomos que analizan los conflictos de sus personajes y conllevan a uno en común, tan grande e inabarcable que ni ellos ni nadie pueden cambiar. Algunos lo aceptan, otros le temen, y otros se niegan a creerlo posible. Previamente, a medida que se va entretejiendo la trama, de la mano de Rorschach viene la ambiguedad moral, de la mano del Comediante viene la aberración y el desprecio casi absoluto por la vida misma, y a través del Dr. Manhattan aparece la física cuántica y las reflexiones que, aunque no provienen de alguien “humano”, siguen sonando tristes y nihilistas.
Es por eso y por otras características más propias de las viñetas que de los fotogramas, que se dijo durante mucho tiempo que Watchmen “es imposible de filmar”. Lo supo Terry Gilliam, el otrora realizador de esa obra maestra de la ciencia ficción que es Brazil, cuando se reunió reiteradas veces con Alan Moore, quien lo terminó convenciendo, y quizás lo pensó así también Paul Greengrass, cuando su proyecto de adaptar Watchmen a los tiempos que corren se vieron frustrados por el aparato de Hollywood y sus complicaciones de producción.
El que decidió patear el tablero y apostar a lo imposible fue Zack Snyder, un realizador interesante que partió de una excelente remake (la actualizada Dawn of the Dead) y pergenió luego un film tan sobrevalorado como peligroso en sus dobles lecturas, llamado 300 (su único antecedente a la hora de adaptar una historieta). Este desafiante realizador, con poco curriculum pero sin dudas muchas ideas y entusiasmo, tomó la novela gráfica de Moore y prometió fidelidad y respeto. Cumplió. Pero no es eso algo necesariamente bueno, o al menos no para todos.
No para todos
Si partimos de la base de que una pelicula raramente es multitarget (siendo la última excepción la majestuosa Titanic), Watchmen es un film perfecto que simplemente deja afuera a demasiada gente: todos aquellos que no leyeron el comic. Para ejemplificar con otras películas de un realizador independiente que ha adquirido notoriedad gracias a su última obra junto al resucitado Mickey Rourke, podría decirse que El Luchador es un producto artístico que puede ser disfrutado por casi todo tipo de público, mientras que su ópera prima, Pi (3,14) es un film rebuscado y tan enigmático como la cifra infinita que le da título, que inexorablemente deja de lado a gran parte de la audiencia promedio. Y, sin embargo, ambas son obras maestras.
Si juzgamos al cine como arte masivo (que también ha dejado de serlo por cuestiones socioeconómicas que cada vez más le guardan un lugar de elite) y encuadramos este film dentro de esa concepción del mismo, Watchmen falla en sobreexplicar situaciones y personajes que tienen sentido en el comic pero carecen de importancia en la pantalla grande, y en olvidar líneas de diálogo de vital importancia para el desarrollo de sus personajes. La estructura del guión es compleja, al borde de lo casi imposible para el público virgen del texto de Moore, y los detalles que hacen la diferencia en la novela gráfica a menudo se pierden en la interpretación cinematográfica.
Los personajes
Hay cambios, y aunque no son demasiados, algunos de ellos resultan sí esenciales: el Dr. Manhattan no es tan atractivo en el film (un mal casting para su omnisciente voz puede ser el culpable) y a causa de ello uno no logra como espectador sentir amor por el personaje, que contagia una indiferencia que en el comic en su lugar transmitía tristeza, y Rorschach, a pesar de ser el más perfecto e interesante de todos los personajes, pierde un pequeño pero importante detalle psicológico a través de un flashback mal resuelto que en el film denota sadismo mientras que en la historieta plantea ambiguedades éticas.
Hay casos extraordinariamente curiosos, que favorecen al guión de David Hayter y Alex Tse: el personaje de El Comediante se enriquece tan sólo en la mirada de Jeffrey Dean Morgan, quien aporta fatalidad y a la vez humanismo a su sádico vigilante, agregando una nota de tristeza imperceptible en el libro: tras cometer un brutal asesinato, le recrimina al Dr. Manhattan que “pudo haberlo detenido y no hizo nada”, pero lo hace con un tono más cercano al llanto que a la ira y parece indicar que éste incomprendido social simplemente está pidiendo a gritos “que alguien lo detenga”.
Adrian Veidt/Ozymandias, el hombre “más inteligente del mundo”, gana profundidad gracias a la correcta interpretación de Mathew Goode y un flashback donde revela, entre frustración y enojo, su enorme preocupación por la humanidad y el “bien” en detrimento del “mal”, que da lugar a su posterior conclusión nefasta que escapa a lo humano y quizás, sólo por eso, resulta sabia.
El manejo del tiempo a través de flashbacks e idas y venidas es correcto, y lo que preocupaba a los más acérrimos fans de la obra original se resuelve con una solvencia increíble y digna de ser admirada: el Dr. Manhattan, voz en off mediante, desde su escondite en Marte, acelera y desacelera sus recuerdos explicando su propia historia en una secuencia antológica y por demás lograda.
Puede criticársele a Snyder y con justa razón el uso y abuso de ciertas cámaras lentas que, de todos modos, no resultan tan tediosas como se prejuzgaba. Muchas de ellas, de hecho, transmiten una poesía visual muy loable y justificada.
Así, con pocos tropiezos -muchos de ellos sin mayor importancia-, se llega a la conclusión del film que, se sabía de antemano, difiere de la original. Sin revelar demasiados datos, se puede decir que Hayter y Tse demuestran ser hábiles guionistas y respetuosos lectores del comic, y optan por cambiar apenas en detalles superficiales la resolución de la obra, entregando la misma idea final pero con distinto packaging. ¿Resulta esto criticable? Sí, pero también es comprensible al mismo tiempo.
Bonus Track
El sitio web Ain´t It Cool * lo explica a la perfección, aunque toma partida al atacar la película como una decepción inevitable, y acerca del cambio del final por uno más “cinematográfico”, reflexiona: “Imaginen el final de Hamlet, adaptado por Zack Snyder. Hasta un punto, es excelente, y todo lo que usted lector imaginó se ve plasmado a la perfección. [...] Luego llega el final, y es diferente. Gertrudis no bebe de la copa envenenada, sino que en su lugar accidentalmente es herida por la espada de Hamlet que en su punta esconde veneno. Hamlet, enfurecido, atraviesa con su espada a Laertes, y luego arremete contra el rey, matándolo también. A continuación, Hamlet, desmoralizado por lo que acaba de ocurrir, cae de rodillas y y hunde su propia espada en su vientre. Horacio quiebra en llanto y grita “Hamlet… NOOOOO!!” pero es ya demasiado tarde. Hamlet está muerto. Horacio da un discurso y Fortinbrás nunca aparece porque, afrontémoslo, resulta demasiado conveniente, y la audiencia de hoy en día no compraría eso en la pantalla grande. Técnicamente, el final es el mismo: los que tienen que morir mueren, los que tienen que vivir, mueren. Pero ese no es el final que se supone Hamlet debe tener”.
Se podría decir entonces que el mayor pecado de Snyder es el mismo que cometen casi todos los directores al adaptar ya sea un libro o una historieta: resulta demasiado fiel por momentos, y por otros, para no dejar de serlo cuando es imposible, encuentra un atajo para llegar al mismo final del camino.
El resultado, de esta manera, no se decide entre la libre interpretación y la fidelidad absoluta, dando por momentos una sensación de vacío que puede fastidiar principalmente a aquellos que apostaban por alguno de los dos extremos, y ni hablar de a aquellos que no conocen la obra como para juzgar ninguno de los dos mencionados.
Volviendo entonces a la interrogante mil veces planteada y que aún retumba por igual entre pesimistas y optimistas: ¿es Watchmen inadaptable? La respuesta es sí. Pero la interpretación de Zack Snyder es lo más cercano a una adaptación correcta y respetuosa que se puede esperar, y sólo por eso y por el contexto de la omnipresente obra de Alan Moore, resulta fascinante y merece un aplauso.
Por muchos Jokers más

“Hay de todo en la viña del Señor” y, entre otras uvas, tenemos a este pequeño grupo, enrolados en el sitio web “The Ultimate Joker”, que tiene la increíble idea de que nadie deberíra volver a interpretar al Joker luego de la maravillosa actuación del recientemente fallecido Heath Ledger, en la cinta de Christopher Nolan “The Dark Knight“.
En algo tienen razón: el Joker de Heath Ledger es, probablemente, el mejor de los pocos que hubo (solo otros dos: Cesar Romero, de la serie de TV, y Jack Nicholson, en “Batman”). Sin embargo, y aunque este grupo de extremistas cita como paradigma de su pedido el caso de Michael Jordan y la NBA, que retiró la camiseta 23 en honor a este cuando terminó su carrera, yo estoy en completo desacuerdo.
De entre las cientas de razones que se me ocurren (tal vez sean menos), una me surge primero: la maravilla de la interpretación de Ledger, extendible a la película de Nolan, fue tomar un clásico y adaptarlo a una estética definida específicamente como novedosa. De hecho, la película toma como punto de partida el comic “The Dark Knigth Returns”, del genial Frank Miller, que ganó su fama mundial por ser un intento perfectamente logrado de revivir al anticuado y gastado Batman.
¿Ahora, la idea es honrar a estos dos grandes hombres, especialmente a Ledger que se dio el lujo de reinventar al Joker y que le saliera una perfecta obra de arte, quitando a cualquier otro hombre genial la posibilidad de reinventar una obra tan inspiradora?
Cómo homenaje es insultante, y como propuesta, delirante, especialmente en tanto que es fundamentalista, palabra que ya debería haber sido erradicada del discurso norteamericano siguiendo su política de terror hacia las religiones fundamentalistas.
Forma de encarar el mundo que todos deberíamos eliminar de nuestro fuero interno.
Black Christmas (1974)

Si hablamos de un verdadero clásico, estamos hablando de una película que, por su buen nivel, su originalidad o su caracter de precursora de un género o inspiradora de otras películas similares, pasó a la historia y puede volver a verse una y otra vez. Entre el género de terror, especialmente, se conoce un enorme panteón compuesto por las películas que marcaron la historia, hitos como “Halloween” o “A Nightmare on Elm Street“.
Muchos de los clásicos de terror ganan su fama por un personaje muy popular, generalmente el asesino. Este es el caso de Freddy, Jason o Michael Myers, pero no es este el caso de esta película de Bob Clark. Tal vez, como primera particularidad de esta película que se considera la primera película de slaher (género de asesinos con armas cortantes), podríamos marcar el hecho de que el asesino nunca aparece en pantalla. ¿Cómo es esto? Siempre que el personaje entra en acción, la cámara toma la secuencia en primera persona desde su punto de vista.
La historia es clásica. Una noche de navidad en una fraternidad universitaria, un asesino que se mete en secreto en la casa y mata una a una a todas las jovencitas que ahí viven. Con guión de Roy Moore y una muy buena fotografía, “Black Christmas” (que ya tiene una remake) es una de esas pocas películas en las que la sorpresa final es realmente aterradora.
Trailer:




